La mesa de mi cuarto estaba llena de papeles. Se que debería limpiarla, o a lo sumo lo que uno dice “acomodar”. Pero olvidé las estructuras en algún lado que no recuerdo.Para colmo, el viento, se cuela por la ventana y sin pedir permiso me vuela las hojas ya de por sí desordenadas. Por dentro puteo y maldigo, pero sé que echarle la culpa a este sería una locura.
-¡Una locura!
-¿Cómo voy a echarle la culpa de mis desgracias a este fenómeno climatológico?
Por dentro me reía ya conciente de que la culpa era mía y absolutamente toda mía. Que debía en forma urgente decidir que iba a hacer con todos esos escritos que pedían a gritos un digno lugar para el descanso a merced de la intemperie y los posibles derroches de infusiones.
¿Quién diría que un domingo me encontraría aquí encerrado debatiendo conmigo mismo? Pensé en todo aquello que cancelé por acomodar una mísera mesa (por que ni siquiera el cuarto debía acomodar) y volví a tentarme con una de esas risas de nervios que son inevitables. Dejé de ir a la plaza a leer el periódico o charlar con aquella dama que supongo me arroja flores de vez en cuando, cancelé un partido con los muchachos que hacía tiempo no los veía y como para ponerle la frutilla al postre me recluí en casa y tomé esta mísera tarea del hogar como una cuestión casi patriótica.
Las horas pasaban y el día oscurecía, y fue allí cuando comprendí que el problema no era la mesa desacomodada. Ni si quiera el viento que soplaba por la ventana. El problema era que aquellas hojas, que desordenadas ocupaban todo el mueble de roble, me rememoraban a ti…a mi y a nosotros.
Quizás (y seguro que fue así) busqué agentes externos a quien inculpar del desorden o excusas para no ordenar los manuscritos y las fotos. Pero se que tarde o temprano debía hacerlo y que mas allá de mi actitud, de guardarlos o dejarlos sobre una mesa tú ya no volverias.
Una lágrima se escapó de mis ojos y un suspiro de mi boca.
Tomé una caja y guardé cada uno de los papeles, cada una de las fotos y cada uno de los recuerdos, para quizás, no abrirla nunca más.
La mesa al fin quedó ordenada. Y yo, un poco mas tranquilo, me fui a dormir.
Nicolás


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