
Dice un viejo diccionario amarillento que el insomnio es vigilia y desvelo. Dicen también los que saben que los diccionarios no mienten y seguro debe ser cierto. Ya llevo horas contando todo tipo de objetos para conciliar el sueño. Cualquier cosa viene bien a la hora de mantenerme despierto: libros, ovejas, letras, lápices o crayones.
Miro el techo y casi como un sobresalto olímpico de garrocha me levanto de mi cama y corro hacia el baño. Me observo al espejo y mis pupilas me confiesan que no desean dormirse, que prefieren seguir insomnes a la espera de tu llamado.
Vuelvo a mi cuarto y me siento en el sofá. Coloco mis manos entre mi cabeza, como muestra de desconsuelo, y fabrico un suspiro de tristeza. No llamas.
Como si fueran David y Goliat, mis párpados y mis ojos, se baten a duelo. Los párpados ya sin fuerza se entregan al placer onírico, mientras que mis ojos claman por permanecer firmes y despiertos como rulo de estatua. Los primeros son vencidos y el sueño, al final, gana la batalla.
Pero mas abajo, precisamente cerca del pecho, hay quien no se entrega y se mantiene despierto esperando que algún día no muy lejano decidas llamar...
Nicolás


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